Me despido -si es que uno puede despedirse de aquello que de verdad ha amado- con profunda gratitud
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Juan Carlos Moreno se despide de la Fundación Yuste, cuya dirección ha ejercido desde 2016.
Para algunos, Yuste es un nombre de resonancia histórica; para otros, simplemente un monasterio. Para mí, y para tantos como hemos vivido de cerca su espíritu, Yuste es algo más complicado de explicar: un lugar al que resulta difícil llegar, pero del que resulta aún más difícil marcharse. Yuste es sobre todo misterio. El mismo principito que hablaba de aquella casa de los cien mil francos decía también que cuando el misterio es demasiado impresionante, resulta imposible desobedecer. El misterio de Yuste es su espíritu, su pasado y su vocación. Es esa llamada serena y profunda que un día algunos escuchamos sin saber hacia dónde nos conduciría. Y bendita la hora en que la escuchamos.
Quizás por eso cuesta tanto despedirse.
No me despido solo de una responsabilidad, de una etapa de la vida o de una tarea. Me despido de un gran equipo humano, de los días compartidos, de las conversaciones mantenidas, de las personas encontradas, de los silencios del monasterio, de los viajes, de los proyectos, de las ilusiones, de las preocupaciones y también de las pequeñas alegrías y algunos sinsabores que han ido tejiendo, sin que apenas me diese cuenta, una parte de mi vida.
En este enlace puedes leer la despedida publicada en el Boletín Nº 60 de la Academia de Yuste.